Miedo del parto

Este post está inspirado como respuesta a la entrada del blog Mamirami “Que sea una horita corta”.

Yo también he tenido que escuchar decenas y decenas de veces la frase que sea una horita corta, que pase rápido, que no duela, etc, etc. En los dos partos. La ventaja del segundo es que ya sabía a lo que me enfrentaba. Aún así, ese día tuve MIEDO.

Cuando empecé a sentir que mi cuerpo se estaba poniendo de parto tuve miedo. Miedo de no poder parir, miedo de los tactos, miedo del dolor, miedo de que no saliera bien… A su vez, era totalmente consciente de que ese dolor desaparecería en menos de un segundo de haber parido. Sabía que yo era capaz de parir aun con mil y un estimulantes de parto, oxitocinas, epidurales y cosas varias que te enchufan o administran para facilitar el parto.

El segundo parto fue diferente pues se desarrolló de forma natural, a diferencia del primero que fue inducido. Tuve la GRAN SUERTE de poder vivir las primeras horas de parto en casa, sin estar tumbada en una camilla sufriendo tactos cada dos horas como pasó con mi hijo. En este segundo parto pude darme paseos, darme duchas de agua caliente, descansar, gritar de dolor estirada en mi cama… recibir besitos curadores de mi hijo cada vez que me oía, tener calor local gracias a las manos de mi marido… Tuve esa gran suerte. Aún así tenía miedo. Miedo al dolor, miedo a no saber pujar…

Creo que cuando una llega al tramo final del embarazo, da igual que sea el primero, el tercero, que te hayan dicho mil frases arcaicas como que te animen a disfrutar del parto, cuando llega ese día tan especial tu miedo sale de forma natural. Pero ese mismo miedo también te permite crecer y saber que eres capaz de parir (con dolor, ¡no lo neguemos!).

Yo solo recuerdo que una vez en el hospital lloraba cada vez que tenía una contracción, pensaba que me iba a partir en dos y maldecía lo sabia que era la naturaleza como para permitir borrar de tu mente el dolor que se vive. Pero lo superé. Superé al dolor y vuelvo a recordar un parto bonito, doloroso pero bonito. Me acuerdo del dolor pero volvería a cometer la locura de parir de forma vaginal y sufrir los dolores de las contracciones. Eso sí: disfruta del parto, que aunque duela es lo más maravilloso que hay.

#Balancepersonal y #Balancebloguero 2013

Aquí estamos, un año más haciendo el balance de lo que ha dado de sí el año. Este balance esta pensado des del punto de vista personal, pues ha sido un año de cambios, como podréis imaginar. También ha habido cambios en lo que respecta al blog y he vivido más encuentros con diferentes bloggers. Intentaré dejarlo todo aquí escrito.

Este 2013, al igual que pasó en el 2011, ha sido un año especial por el nacimiento de mi hija. Empecé el año sabiendo que estaba embarazada, y que a los nueve meses tendría otro bebé. Muy contenta con la noticia pero también preocupada por como se lo tomaría Biel y cómo lo llevaríamos nosotros.

Aun estando embarazada, este año 2013 no ha sido bueno por lo que se refiere a mi trabajo. El curso 2012-2013 ha sido de los peores que creo que se puedan vivir, con angustia, malestar y muy baja de moral. Llegaba cada día cansada de batallar con mi grupo y sin saber bien bien hacia donde tirar. Así que sinceramente deseo que este 2014 me vaya mejor en este aspecto, aunque cojo el grupo con el curso ya empezado, me he preparado para trabajar más y mejor con ellos. Espero poder poner en práctica lo aprendido y ser fuerte ante las dificultades.

En verano, mi familia y yo hicimos nuestro primer viaje en barco. Fuimos a Menorca donde pasamos muy buenos días. Biel poco a poco ha ido creciendo y haciéndose más niño, mostrando más autonomía y más caracter.  Pasamos un buen verano aprendiendo juntos, disfrutando del embarazo, disfrutando los últimos días como hijo único y como mamá de un solo niño y aprovechando para hacernos una sesión muy bonita en familia, por 123Foto byParis.

Foto tomada por 123byParis

Mi barriga de 36 semanas. Foto tomada por 123FotobyParis

Este ha sido un embarazo distinto al primero, con náuseas durante el primer trimestre, con más dolores y molestias, con más pruebas por si tenía diabetes gestacional (que no tuve), más cansada por no poder descansar al estar al cuidado de un niño de dos años.

Llegó el mes de septiembre, el mes que cambió de nuevo mi vida, como pasó aquel junio de 2011. Salía de cuentas el 19 de septiembre pero mi pequeña se hizo de rogar hasta el 25 a la madrugada (¡por poco y nace el día de mi santo!). Tras un día de mucho dolor llegó mi segundo parto, que lo recuerdo muy doloroso, pero fijaros si es sabio el cuerpo que sé que pasé dolor, pero no lo recuerdo para nada y es que el momento en que te ponen a tu bebé en brazos borran cualquier tipo de sufrimiento.

Foto tomada por 123byParis. Sesión newborn

Foto tomada por 123FotobyParis. Sesión newborn

Aina ya forma parte de nuestra vida. El día 25 de diciembre cumplió los 3 meses y está muy espabilada ya. Biel la quiere con locura, aunque le haya costado unos meses quererse acercar a ella. Desde el día que nació Aina me siento más fuerte como madre, como persona, y aunque haya días que flaquee sé que podré hacerme con el cuidado de los dos. Son lo más importante de mi vida.

Por otra parte, también he tenido el gusto de poder conocer a personas muy valiosas como amigas, compañeras en esta aventura de ser madres, pero también acompañándonos en el día a día. Son la tribu 2.0, que a golpe de tweets y de comentarios de facebook o de blog vamos forjando una bonita relación. Esto también me ha ayudado a creer más en mi y en mis posibilidades como madre, pues escuchar otras experiencias siempre es gratificante.

Empecé el año con un encuentro bloguero en Barcelona, hablando sobre el porteo ergonómico a cargo de Nakadi. Allí conocí a varias blogueras, de las cuales algunas he seguido manteniendo contacto en otros encuentros o por otros temas, como son Annabel de la Nave de V, Maria José de Blogmoda Bebé, Marta de Una Mamá Diseñadora… Si queréis saber un poco más de qué fue ese encuentro podéis leerlo en el blog, como no: Charla-taller sobre porteo. Pero éste no fue el único encuentro bloguero del año, ha habido varios más. El siguiente fue en Valencia. Sí, sí. Valencia. Y es que cuando leí de qué iba el tema de la charla y dónde se hacía el encuentro no lo dudé dos veces (¡¡suerte que cayó en semana santa!!). Era mi oportunidad para conocer a la blogger con la que mejor relación tengo en esta tribu 2.0. Así que fuimos para Valencia ese día, a pasar el día y por la tarde fuimos a Canguro Verde Papillas y Café, y allí aprendimos un poco más sobre el Método Montessori y además pude conocer a bloggers de la zona: Raquel de Cuando los Sueños Despiertan, Jenni de Babbupi y la familia de Joan Petit, con ellos pasamos una tarde muy divertida! Si queréis leer un poco más de este encuentro, es el de Montessori para todos.  Luego, ya más adelante fue el encuentro de Bloggers and Family (tan completo como siempre), el encuentro para la experiencia Fisher Price, donde volví a encontrarme con bloggers del taller de porteo y además conocer a otras como Mamá Vitamina, que tuvo el detalle de hacerme la imagen del blog sin pedíserlo. También viví de primera mano el encuentro para darle a Paris nuestra sorpresa del Spidertanga, podéis leer su precioso post aquí: Una sonrisa para Paris #spidertanga. Y además, he asistido a otro tipo de talleres, como el de Lingosworld, que me permitió conocer a más bloggers: la creadora de este carnaval de blogs, a Bea Mama de Dos.

Además de encuentros de bloggers, que ha sido un año bastante completo, el blog ha sufrido algunos cambios, como ha sido su imagen y el cambio de blogspot a wordpress. No sé si esto último ha sido un acierto, pues tengo la sensación de que menos gente me lee desde que lo tengo en wordpress, pero bueno, intentaremos darle vidilla de nuevo al blog. Como ya dije en una de las últimas entradas de este mes de diciembre, intentaré hablar de todo un poco, siempre bajo mi experiencia y con sinceridad sobre lo que pienso. No faltarán entradas que hable de mis queridos hijos, los protas del blog.

Así que resumiendo, mi 2013 lo ha vuelto ha marcar el nacimiento de mi hija, a pesar de haber pasado gran parte del año mal por culpa de no saber gestionar bien un grupo, también lo ha marcado el ver crecer a mi hijo, comprobar que se va haciendo más mayor, que va dejando de ser un bebé, por mucha pena que nos de. Está en una etapa muy bonita que también debemos disfrutar y ¡tomar mucha paciencia!

Espero que este 2014 venga cargado de energía positiva, que deje atrás los malos pensamientos y las malas vibraciones. Espero que sea un año que pueda disfrutar una vez más de ver crecer a mis pequeños, de disfrutar con ellos, de reír, de jugar, de viajar todos juntos.  Quiero que sea un año que me sienta más fuerte aún, aprender a no dejarme pisar. Y sobre todo, seguir teniendo el amor de mi familia y amigos. Muy típico, sí, pero con esto ya seré feliz.

Y ya somos cuatro

Tras semanas y semanas deseando tener a mi niña en brazos y ser cuatro en casa, ya puedo decir que des del 25 de setiembre ya es una realidad. Ya pasada de cuentas, para variar, pero sin llegar a la semana 41, me puse de parto el día de mi santo. Todo el mundo hacía bromas de que pariría ese día, que se esperaría para es fecha, pues así fue, aunque nació la madrugada del 25 finalmente.
El día 24 me levanté con dolores de parto y además sangraba más abundante de lo que iba haciendo durante esa semana, des del tacto que me hicieron en monitores, y decidimos ir de urgencias. Nerviosa. Histérica. Sabía lo que me esperaba, pero aún así me llené otra vez de miedos y de “no podré” y “no sabré”. Llegamos a urgencias y me pasaron a un box. Me pusieron los monitores y me tactaron. Me dijeron que no estaba aún para quedarme, que faltaba un tiempo para acabar de dilatar y que me enviaban a casa. En el momento que me lo dijeron me volví a hundir… pero ¿cuando iba a ponerme yo de parto? Luego vino otra comadrona y me dijo que me enviaban a casa pero con la seguridad de que volvería a lo largo del día porque había empezado el parto. A cuadros me quedé. Me enviaban a casa porque era verdad que faltaba por dilatar y que estaría mucho mejor en casa, pudiendo darme duchas calientes o dando paseos para facilitar la dilatación. Así que volvimos a casa pero con el nervio en el cuerpo de que el parto ya estaba cerca.
Me pasé todo el día de mi santo pendiente de si tenía contracciones regulares (que iban y venían y me iba desanimando cada vez que paraban), dimos paseos, me duché, descansé… hasta que a las nueve de la noche volvieron los dolores. Estuve dos horas contando contracciones cada cinco minutos, y las últimas ya eran muy dolorosas. No podía ni aguantarme de pie. Dije a mi marido que llevara al niño a casa mi suegra (vivimos cerca) y que fuéramos corriendo al hospital. 
Llegamos y me volvieron a poner en el box. Me tactaron y me dijeron que estaba dilatada de 3cm. Yo estaba que me retorcía de dolor y me preguntaron si quería epidural a lo que casi la supliqué… Definitivamente soporto muy mal el dolor. La anestesista tardó una hora en llegar y yo pensaba que moría cada vez que tenía una contracción. Se nota que con Biel me pusieron la anestesia pronto y no tuve esos dolores. A las doce de la noche me pasaron a quirófano, ya que todas las salas de parto estaban ocupadas (¡¡menuda noche de partos aquella!!) y allí estuve esperando a la anestesista. A y media me la pusieron por fin… me tumbaron en la camilla y estuve esperando con mi marido. Vino la ginecóloga que llevaría el parto, me tactó y ya estaba de 9. En una hora había dilatado casi todo. Me dijo que en media horita volvería porque al ser el segundo salen más deprisa. Y así fue. A las 2 de la madrugada volvió, con una marabunta de gente (¿qué hacía tanta gente a esa hora?) y empezamos a ponernos a la faena. Cuatro empujones y ya tenía a mi niña fuera. Solo cinco minutos para expulsarla. Que diferencia con el parto de Biel que tardé tres cuartos de hora!! A las 02:05 llegó al mundo, con tres vueltas de cordón, la más preciosa de las niñas. Allí estaba mi niña. Me la pusieron enseguida encima, como hicieron con Biel. Y estuve con ella todo el rato que estuvieron para poder expulsar la placenta (una cosa más rara que pasó… se ve que se cerró el canal de parto y se quedó dentro…). Luego se la llevaron para pesar y vestir y me volvieron a poner en el box (en una cama esta vez) para ponérmela al pecho y estar una horita piel con piel. Después me pasaron a la habitación y a “descansar”.
Tengo que decir que el equipo médico de esta vez ha sido mucho mejor que en mi primer parto. Imagino que al ir ya de parto y al ser más rápido facilitó la faena. Aunque también es verdad que todas han sido infinitamente más amables y delicadas. La ginecóloga, comadronas e infermeras del parto geniales, intentando en todo momento que me sintiera a gusto y que sonriera, para disfrutar del momento. 
A punto de salir del hospital… enganchada, como no 😉

En casa ya
Y nada, más adelante ya os contaré qué tal lo llevamos en casa, qué tal Biel y qué tal nosotros. Y aunque me note un poco mejor que con Biel, la verdad es que no deja de ser un posparto y hay algún momento en que flojeo de ánimos, pero son muy pocos por suerte. En fin, ya os contaré. 

Mitad de vacaciones

Como dije en la entrada de inicio de vacaciones, Biel está malito con moquitos y tos… y ahora puedo añadir  con fiebre. Fuimos el martes al médico y resulta que tiene una bronquitis leve. Y llevamos desde ese día con el pequeñín de la casa enfermito. A ratos le baja la fiebre pero se pasa casi todo el día protestando y queriendo estar en brazos y dormir. 
Hoy ha pasado mejor día, de hecho la fiebre le ha subido ahora hace un ratito, y solo estaba a 37.4, así que poquito (en consideración de los pediatras). Mañana queríamos hacer una excursión (que la postpusimos del martes, que es cuando le empezó a subir la fiebre), a ver si la podemos hacer!
Además, esta madrugada ha nacido el primer hijo de unos amigos, Roc. Y aunque el parto fuera provocado unas semanas antes de lo previsto, el niño ha nacido bien. Tenemos muchas ganas de conocerle y ver a los papás.Cuando ayer me dijeron que le provocaban el parto y que ya estaba con el goteo puesto, me vino a la memoria un montón de recuerdos del día de mi parto, que justo expliqué el otro día. No pude evitar emocionarme y darme cuenta que las dificultades y dolores de los primeros días enseguida pasan e incluso llegan a borrarse con el tiempo. 
Así que si me lee por aquí la recién estrenada mamá, le deseo que disfrute de su bebé todo lo que pueda. Los primeros días (e incluso diría que el primer mes entero) serán los más difíciles y a veces se le hará todo montaña arriba. Pero lo más bonito es darse cuenta que este pequeñín que tiene poco tiempo de vida te reconoce, te busca, te reclama y que eres lo más importante para él, y esto hará que los dolores sean menores. A mí al menos esto es lo que me daba fuerzas: tumbarme con mi hijo, acariciarle, besarle… simplemente observarle y mimarle. 

Mi parto

Parí el día 3 de junio de 2011, a las 21:45 horas. Pero antes de llegar a esta hora sucedieron un sinfín de horas, emociones y sensaciones. 
Última foto antes de ingresar

Yo salía de cuentas el 20 de mayo pero, al no ponerme de parto, al cabo de dos semanas ingresé en el hospital para que me lo indujeran. Así que el día 2 de junio, a las nueve de la noche, mi marido y yo nos dirijimos al hospital con las bolsas para que “empezara” mi parto. Entre el ingreso, esperas, relleno de papeleo, etc, no empezó la inducción al parto hasta las once de la noche, aproximadamente. 

A esa hora me pusieron una especie de tampax, el propess, con la función de que borrara el cuello del útero, empezara a dilatar y así llegar a empezar el parto. Debía estar doce horas con el propess puesto, y se suponía que debía hacerme algún tipo de efecto. Me pasaron a la habitación sobre la una de la madrugada, que compartía con una mamá recién estrenada y su bebé que no paró de llorar en todo el rato que estuve en la habitación (que resulta que no estaba bien de salud, pero eso lo supimos más tarde). A las tres de la madrugada, cuando llevaba unos diez minutos durmiendo, me despertaron para llevarme a unos de los boxes para hacerme seguimiento. Desde esa hora hasta que parí no dormí ni un solo minuto ni comí nada. Así que os podeis imaginar hasta que punto llegué cansada al momento del alumbramiento.
Se hicieron las 11 de la mañana, a lo que dio tiempo a que mi marido llegara de dormir en casa y de que mis padres, suegra y hermana llegaran para ver si ya estaba cerca del momento esperado. Pero no. A las once de la mañana me quitaron el propess, me hicieron un tacto (doloroso) y comprobaron que SOLO había dilatado 1 centímetro. Sí, solo un mísero centímetro. Claro, ahí estaba yo sin ninguna especie de dolor (exceptuando en el momento que me tactaban), asi que yo ya me imaginaba que aún estaba “verde”. 
Entonces procedieron a ponerme oxiticina. Y a partir de ese momento estuve horas y horas enganchada a una máquina de goteo y a los monitores. Comodísima. En las horas que seguían me hicieron tactos cada dos horas, aproximadamente, y para mí ese era el momento del suplicio. Realmente lo pasé mal y las comadronas e infermeras que me atendían no me entendían, excepto una. Como estuve tantas horas en el box y en la sala de partos, pasé por manos de tres turnos diferentes. En cuanto empezaba a acostumbrarme a una, ésta se despedía y venía una nueva y, hala, vuelta a empezar.
La oxiticina iba haciendo efecto y poco a poco iba notando contracciones más fuertes y más seguidas. A eso de las tres de tarde, justo en el momento en que mi marido se fue a comer rápido, yo estaba sentada en una de las pelotas de dilatación (las de tipo pilates) con todos mis aparatos encima (cables de los monitores, via de la oxiticina) y en ese momento rompí aguas. Fue una sensación rara. Avisé a la comadrona y me dijo que no había roto toda la bolsa, así que con una especie de espátula trató de romper el resto de bolsa.
Mi madre, ya impaciente de saber como estaba, pues llevaba muchas horas esperando fuera, pidió si podía entrar conmigo. Como las infermeras sabían que yo estaba sola en aquél momento, me preguntaron si quería que entrara; les dije que sí, con la condición que en cuanto llegara mi marido se fuera ella para entrar él. Así que también pasé un rato con mi madre en la sala de partos. Luego llegó mi marido, que se murió de rabia por no haber estado conmigo en el momento de rotura de aguas. Dice que es algo que no se puede perdonar… pero bueno, habiendo estado conmigo tantas horas, ¿quién le iba a decir que justo en el momento en que él se ausentaba un cuarto de hora para comer me sucedería eso?
Así que fueron pasando más horas, con dolores varios. Pero el mayor dolor lo tenía en cuanto aparecía alguna comadrona o infermera y me decía que me tenía que tactar. No sé qué me pasó aquél día, pero me producía mucho dolor, y claro, solo de recordarlo yo misma me contraía, provocando que me doliera más. Y como ya he dicho antes, las infermeras no me entendían y no paraban de recriminarme que no les dejaba hacer su trabajo. Incluso ya era conocida como “la chica que era difícil de tactar”, y era el comentario que iba de boca en boca y que a mí me hacía sentir aún peor. Con lo sensible y nerviosa que estaba, porque no acaba de ponerme de parto, encima tenía que oír ese tipo de comentario, que para mí era despectivo.
Pero bueno, sobre las seis de la tarde estaba ya dilatada de seis centímetros y procedieron a ponerme la epidural (que pedí ya desesperada, no tanto por el dolor que me producían las contracciones sinó porque de esa manera ya no notaría tanto manoseo por ahí). Vino la anestesista, que era un poco antipática e iba de borde, pero es que encima se jactaba de ello. Hicieron salir a mi marido de la sala para ponerme la inyección. La comadrona se puso enfrente mío y yo arqueé la espalda para que la anestesista pudiera ponerme la epidural sin problemas. No me moví un ápice. Me la pusieron rápido y bien, no me dolió.
A partir de ese momento el proceso empezó a acelerarse. En un par de horas dilaté todo lo que quedaba. A eso de las nueve de la noche empecé a sentir las ganas de empujar, y mientras que la comadrona me decía que aún no estaba preparada para dar a luz a mi hijo, la anestesista (que estaba allí porque me iba poniendo más cantidad de vez en cuando, ya que yo me quejaba de dolor, que después resultó ser de ciática) se dio cuenta que yo estaba empujando ya así que pidió que me llevaran a quirófano.
A las nueve de la noche entré a quirófano, y la comadrona del turno de la tarde se despidió porque ya le tocaba a la de la noche, y sus última palabras conmigo fueron: “Qué bien, parirás antes de las diez, como he dicho yo. Ya estábamos apostando cuanto tardarías en parir”… Así que además de ser “la chica que era difícil de tactar” era la chica que no se ponía de parto nunca. Y encima apostaban conmigo.
En quirófano yo quería ponerme sentada, ya que era como mejor soportaba el dolor (la ciática me estaba matando), pero la comadrona me dijo que no, que no me aguantaba porque la epidural había hecho que perdiera la sensibilidad en las piernas. Pero yo, cabezona, les dije que me ayudaran a ponerme sentada, que hicieran lo que yo pedía por favor. Así que entre mi marido y la comadrona me ayudaron un rato a estar en cuclillas, hasta que ya me estiré para acabar de empujar. Mi marido estuvo a mi lado todo el rato, ayudándome y, emocionado, me contaba que ya había visto la cabecita de nuestro hijo (el pelo). Solo faltaba “un” empujón y ya estaría con nosotros. Estuve empujando y empujando entre contracciones y cuando ya parecía que la cabecita iba a salir enseguida notaba que no (yo había dejado de empujar). Fue realmente cansado y duro. A los cuarenta minutos de estar empujando, la comadrona me realizó una episiotomía. Ésta sí que fue una sensación fuerte, notar que te cortan la carne hacía abajo y a un costado. Pero fue abrirme y un par de empujones y la cabecita de Biel salió. Una de las enfermeras pidió que me incorporara para que le viera la cabecita. Fue una experiencia preciosa, verle aún dentro mío. Solo le vi su pelito negro enganchado y sucio, pero allí estaba. Un empujón más y todo su cuerpecito fuera. Se escuchó un estornudo. Era Biel, lo primero que hizo fue estornudar y eso nos provocó una sonrisa enorme a su padre y a mí, que lo recordamos con mucho cariño. Lo envolvieron en una sabanita y me lo pusieron encima mientras la comadrona acababa con el trabajo.

Primera foto con Biel, en el quirófano

Eran las 21:45 y todo el dolor de repente desapareció. Sí, sí. Desapareció. No podía dejar de mirarle y de sonreir. Era tan guapo. Nuestro niño ya estaba con nosotros. Ya casi ni noté que me cosían, ni que me pinchaban (donamos el cordón umbilical del niño), ni nada. Por fin había llegado el momento que tanto esperé durante 42 semanas.
Lavaron al niño, lo pesaron, lo midieron… en ningún momento lloró. Un hombrecito tranquilo o asustado, expectante de todo lo que pasaba. Me llevaron a la sala de partos (donde estuve casi todo el día) y allí me pusieron a Biel en el pecho. Estuvimos una hora piel con piel y pude estar a solas con él, mientras todos se encargaban del papeleo. Le canté una canción, le acariciaba su piel, observaba como se agarraba al pecho… Realmente especial. Lo mejor del día.

Ya luego, me trasladaron a la habitación y empezó un nuevo día. Pero éste, ya es otro tema. Espero que no se os haya hecho muy largo… Es que me cuesta expresarme con más brevedad sobre este tema. No tengo muy buenos recuerdos del día del parto, por los hechos que iban sucediendo y en como me sentía. Pero sin duda, el momento del alumbramiento, y verle salir de mí, es la mejor experiencia que he vivido nunca. La que recuerdo con más esfuerzo, pero con una recompensa enorme.

Dando el pecho por primera vez

Recuerdos de mi embarazo

Creé este blog cuando mi hijo tenía casi tres meses, así que no pude explicar mi experiencia en el embarazo. Como ya he contado alguna vez, la maternidad es la mejor experiencia que he vivido nunca, y que estoy viviendo, de hecho. Cada día surgen situaciones nuevas, nuevos aprendizajes con mi hijo, cada día vamos creciendo juntos. Pero esta aventura empezó en el mes de septiembre de 2010, cuando ya expliqué en uno de mis primeros posts, Dos rayitas, cuando descubrí que estaba embarazada.
A partir de aquel día todo giraba entorno al bebé que iba creciendo dentro de mí y de los cambios que iba experimentando, tanto físicamente como emocionalmente. Como ya os he contado, pasé un embarazo buenísimo. No tuve ninguna complicación (salvo un poco de anemia, que se fue al poco de parir) y pude realizar las actividades que me proponía sin problemas. Trabajé hasta el octavo mes (y porque ya tenía a la sustituta conmigo, que si no hubiera podido seguir un poco más), nadé, conducí hasta el último día… Iba yo con mi barriga super feliz.

Foto tomada por Marta Torné

Los niños del colegio en el que trabajo también estaban muy contentos con el embarazo y el bebé. Siempre me recibían con besitos en la barriga (los más pequeños) y querían tocarla y probar de sentir si notaban al bebé (que nunca lo notaron, por cierto). Hubo una niña de P5 que me dijo una frase super bonita, que me encantó oírla en su día y que aún la recuerdo:

Tu ja ets mama perquè tens un bebè a la panxa.  (Tú ya eres mamá porque tienes un bebé en la barriga).

Y tenía toda la razón del mundo. Mi hijo aún no había nacido y le quedaba tiempo para poder hacerlo, pero yo ya lo quería con locura. Era mi hijito pequeño, que llevaba siempre conmigo y que me encantaba sentir como se movía. Efectivamente, era mi hijo, y yo ya era mamá aunque él no hubiera nacido aún y en ningún papel constaba que yo lo fuera. 
Yo, últimos días con la barriga

En el último mes de embarazo ya me empecé a notar más pesada, y supongo que tuvo algo que ver el hecho que dejara de trabajar porque estaba menos activa. Las piernas se me hinchaban, me dolían mucho las lumbares, empecé a notar contracciones… Y no sé si fue tanto la relajación que tuve esos últimos días o qué que el niño no parecía querer salir. Yo salía de cuentas el 20 de mayo. El día 21 de mayo tuvimos que ir a una comunión y fuimos equipados con las bolsas del hospital y todo por si me ponía de parto. Pero no fue así. Tardé dos semanas en ponerme de parto (en la semana 42). Y de hecho, ni me puse de parto, me lo tuvieron que provocar. Así que el día 2 de junio, a las nueve de la noche, mi marido y yo cogimos las bolsas, el coche y nos dirijimos al hospital para que me ingresaran y empezara mi deseado parto… que este tema necesita un post entero para él… a ver cuando me atrevo a poner por escrito lo que sentí aquél día. 

Así que os puedo decir que mi embarazo fue genial, exceptuando las últimas semanas que ya estaba pesada y además nerviosa porque no me ponía de parto. Aún así, tengo muy buen recuerdo y me encantaría poder repetir la experiencia!

El ser más perfecto

Esta tarde estaba sentada en el sofá y tenía a mi hijo sentado también entre piernas, haciéndole yo como una especie de “parque” para que no cayera para los lados. Lo estaba observando mientras él miraba uno de sus libros y no he podido evitar sentir que es el niño más perfecto del mundo. Sí, ésta es una opinión totalmente subjetiva y cada una pensará que el suyo es el más perfecto. 😉 
Pero la realidad es que cuando una está embarazada no deja de pensar en como será el niño o niña que lleva dentro. Como mínimo esto me pasaba a mí. Le daba vueltas a la cabeza pensando en si tendría el pelo castaño o más rubito, en si tendría la nariz más o menos grande, en si tendría los ojos más o menos grandes, de qué color… En fin, te vas haciendo a la idea de que vas a tener una personita en casa, pero no sabes como será físicamente. Y entonces llega el esperado día del parto y, tras horas y horas, ahí lo tienes en tus brazos: el ser más hermoso del mundo. No era para nada como lo imaginé, porque de hecho, por mucho que intentara imaginármelo, no tenía una imagen clara en mi cabeza de como sería. Así que me encontré con un pequeñito de mucho pelo, finito y castaño. De ojos rasgaditos y grandes, de nariz pequeña y redondita,. Sus manitas estaban arrugadas y tenía los dedos largos. Las uñas eran amarillentas, muy largas y afiladas. Un niño precioso.
Y hoy, tras casi nueve meses, me lo miraba y me he dado cuenta de que por mucho que durante el embarazo pensara como sería, no me hubiera imaginado que sería así: mi Biel. Su pelito fino, sus ojos despiertos, su sonrisa que enamora… todo él me tiene enamorada. 
Y vosotros, ¿ha superado con creces la expectativa que teníais del bebé que llevabais dentro?
Biel, el primer día a casa.

Biel, con 8 meses y medio.