Al borde de un ataque de nervios

Madre de un niño de 28 meses y de una niña de 22 días. Me encuentro en pleno postparto, y es que pensándolo fríamente no hace ni un mes que di a luz por segunda vez. No hace ni un mes que somos cuatro en casa. Hace un mes no me imaginaba como sería tener dos niños en casa. 
Son lo más valioso que tengo, son lo que más quiero en el mundo… pero hay momentos en que te desbordas. El niño, que ya de por sí era nervioso y acostumbrado a que bailasen a su son, se ha encontrado de repente con una niña en casa que acapara la atención de mamá y papá, y de todo aquél que venga a visitarnos a casa. Y eso que no está desatendido. Para nada. Pero se han producido muchos cambios para él en este último mes:
La retirada del pañal. Empezamos el mes de septiembre, en vistas de que en verano fue un fracaso, y enseguida dejó de tener escapes y estábamos muy contentos con el tema. Llegó la niña y empezó de nuevo a tener escapes y mearse por todos lados… pero por suerte este tema está de nuevo encarrilado y lo llevamos bastante bien! Incluso nos atrevemos ya a salir a la calle sin pañal.
La bebé. Así es como la llama. Bueno, de hecho dice “la be” y eso que estamos fomentando que la llame por su nombre o que le diga al menos “la nena”… pero no, aún no tiene “confi” con ella y se refiere a ella así. De todas formas, tiene interés por ella: cuando llora nos lo hace saber (dificil no darse cuenta, por eso); quiere venir a “ayudar” cuando le ponemos el pijama, para ponerle crema en la pierna, aunque acabe lavándose en tu pijama el poquito de crema que le has puesto en el dedo porque no soporta tener las manos “sucias”; cuando llora le muestra todo lo que tenga a mano para que se distraiga, aunque la pobre no vea nada de lo que le enseña; le da besitos amorosos, incluso ahora sin que le pidamos que se los de. Eso sí, le dices de hacerse una foto con ella, a su lado, y huye como si se tratara de la peste.
Las literas. En el blog ya he hablado alguna vez del tema del colecho y de las veces que hemos probado que duerma en su habitación. En julio compramos unas literas para la habitación, ya que pasamos la cuna a la nuestra para tener a la niña con nosotros. Entre unas cosas y otras no tuvimos las literas hasta principios de octubre, así que pasamos la primera semana en casa durmiendo los cuatro en la misma cama gran parte de la noche. Luego, en cuanto las tuvimos hicimos el cambio de habitación a saco. Cada noche lo llevamos a su habitación y ya tiene que dormir ahí, aunque nosotros le acompañamos hasta que se duerme (no sin un drama porque quiere ir primero a nuestra cama — la suya durante mucho tiempo) y a media noche, cuando se despierta, mi marido va con él. 
Y así, con todo esto tenemos al pobre niño atacado de los nervios. Está fuera de órbita y de todo hace un drama. Juega nervioso, se le cae todo con frecuencia, haciendo ruido sin parar, la hora de la siesta está histérico y muchas veces no quiere dormir, grita… Y tú, como buena madre, que entiendes y sabes que está así por todos los cambios que ha tenido que pasar en tan poco tiempo (y que si a un adulto ya le cuesta asimilar los cambios imagina a un niño de dos años, que apenas sabe expresarse) hay veces que te desesperas porque no sabes como calmarle. Sí, me refiero a mí. Yo que no sé como calmarle. Bueno sí, miento. Debería empezar por calmarme yo, para transmitir tranquilidad. Pero, ¿cómo hacerlo? Me siento agotada, aunque no lo parezca. Quisiera poder tener tiempo y calma para dedicarme a él, pero de momento lo único que siento es que la niña me ha salido de alta demanda, que estamos casi todo el día enganchadas (suerte de haber descubierto el mundo del porteo ergonómico, los fulares y bandoleras) y que por mucho que quiera, en estos momentos no puedo dar más de mí y me cuesta calmarme (imagino que las hormonas tendrán algo que ver).

Y, como he dicho al principio del post, ellos son lo que más quiero en el mundo: los dos, a mi niño y a mi niña, pero hay momentos del día en que me desbordan y pienso que quién me ordenó meterme en estos líos. 

Nervioso él, nerviosa la niña, nervioso el marido y nerviosa la madre… ¿quién da más? 

Y ya somos cuatro

Tras semanas y semanas deseando tener a mi niña en brazos y ser cuatro en casa, ya puedo decir que des del 25 de setiembre ya es una realidad. Ya pasada de cuentas, para variar, pero sin llegar a la semana 41, me puse de parto el día de mi santo. Todo el mundo hacía bromas de que pariría ese día, que se esperaría para es fecha, pues así fue, aunque nació la madrugada del 25 finalmente.
El día 24 me levanté con dolores de parto y además sangraba más abundante de lo que iba haciendo durante esa semana, des del tacto que me hicieron en monitores, y decidimos ir de urgencias. Nerviosa. Histérica. Sabía lo que me esperaba, pero aún así me llené otra vez de miedos y de “no podré” y “no sabré”. Llegamos a urgencias y me pasaron a un box. Me pusieron los monitores y me tactaron. Me dijeron que no estaba aún para quedarme, que faltaba un tiempo para acabar de dilatar y que me enviaban a casa. En el momento que me lo dijeron me volví a hundir… pero ¿cuando iba a ponerme yo de parto? Luego vino otra comadrona y me dijo que me enviaban a casa pero con la seguridad de que volvería a lo largo del día porque había empezado el parto. A cuadros me quedé. Me enviaban a casa porque era verdad que faltaba por dilatar y que estaría mucho mejor en casa, pudiendo darme duchas calientes o dando paseos para facilitar la dilatación. Así que volvimos a casa pero con el nervio en el cuerpo de que el parto ya estaba cerca.
Me pasé todo el día de mi santo pendiente de si tenía contracciones regulares (que iban y venían y me iba desanimando cada vez que paraban), dimos paseos, me duché, descansé… hasta que a las nueve de la noche volvieron los dolores. Estuve dos horas contando contracciones cada cinco minutos, y las últimas ya eran muy dolorosas. No podía ni aguantarme de pie. Dije a mi marido que llevara al niño a casa mi suegra (vivimos cerca) y que fuéramos corriendo al hospital. 
Llegamos y me volvieron a poner en el box. Me tactaron y me dijeron que estaba dilatada de 3cm. Yo estaba que me retorcía de dolor y me preguntaron si quería epidural a lo que casi la supliqué… Definitivamente soporto muy mal el dolor. La anestesista tardó una hora en llegar y yo pensaba que moría cada vez que tenía una contracción. Se nota que con Biel me pusieron la anestesia pronto y no tuve esos dolores. A las doce de la noche me pasaron a quirófano, ya que todas las salas de parto estaban ocupadas (¡¡menuda noche de partos aquella!!) y allí estuve esperando a la anestesista. A y media me la pusieron por fin… me tumbaron en la camilla y estuve esperando con mi marido. Vino la ginecóloga que llevaría el parto, me tactó y ya estaba de 9. En una hora había dilatado casi todo. Me dijo que en media horita volvería porque al ser el segundo salen más deprisa. Y así fue. A las 2 de la madrugada volvió, con una marabunta de gente (¿qué hacía tanta gente a esa hora?) y empezamos a ponernos a la faena. Cuatro empujones y ya tenía a mi niña fuera. Solo cinco minutos para expulsarla. Que diferencia con el parto de Biel que tardé tres cuartos de hora!! A las 02:05 llegó al mundo, con tres vueltas de cordón, la más preciosa de las niñas. Allí estaba mi niña. Me la pusieron enseguida encima, como hicieron con Biel. Y estuve con ella todo el rato que estuvieron para poder expulsar la placenta (una cosa más rara que pasó… se ve que se cerró el canal de parto y se quedó dentro…). Luego se la llevaron para pesar y vestir y me volvieron a poner en el box (en una cama esta vez) para ponérmela al pecho y estar una horita piel con piel. Después me pasaron a la habitación y a “descansar”.
Tengo que decir que el equipo médico de esta vez ha sido mucho mejor que en mi primer parto. Imagino que al ir ya de parto y al ser más rápido facilitó la faena. Aunque también es verdad que todas han sido infinitamente más amables y delicadas. La ginecóloga, comadronas e infermeras del parto geniales, intentando en todo momento que me sintiera a gusto y que sonriera, para disfrutar del momento. 
A punto de salir del hospital… enganchada, como no 😉

En casa ya
Y nada, más adelante ya os contaré qué tal lo llevamos en casa, qué tal Biel y qué tal nosotros. Y aunque me note un poco mejor que con Biel, la verdad es que no deja de ser un posparto y hay algún momento en que flojeo de ánimos, pero son muy pocos por suerte. En fin, ya os contaré.