Mi parto

Parí el día 3 de junio de 2011, a las 21:45 horas. Pero antes de llegar a esta hora sucedieron un sinfín de horas, emociones y sensaciones. 
Última foto antes de ingresar

Yo salía de cuentas el 20 de mayo pero, al no ponerme de parto, al cabo de dos semanas ingresé en el hospital para que me lo indujeran. Así que el día 2 de junio, a las nueve de la noche, mi marido y yo nos dirijimos al hospital con las bolsas para que “empezara” mi parto. Entre el ingreso, esperas, relleno de papeleo, etc, no empezó la inducción al parto hasta las once de la noche, aproximadamente. 

A esa hora me pusieron una especie de tampax, el propess, con la función de que borrara el cuello del útero, empezara a dilatar y así llegar a empezar el parto. Debía estar doce horas con el propess puesto, y se suponía que debía hacerme algún tipo de efecto. Me pasaron a la habitación sobre la una de la madrugada, que compartía con una mamá recién estrenada y su bebé que no paró de llorar en todo el rato que estuve en la habitación (que resulta que no estaba bien de salud, pero eso lo supimos más tarde). A las tres de la madrugada, cuando llevaba unos diez minutos durmiendo, me despertaron para llevarme a unos de los boxes para hacerme seguimiento. Desde esa hora hasta que parí no dormí ni un solo minuto ni comí nada. Así que os podeis imaginar hasta que punto llegué cansada al momento del alumbramiento.
Se hicieron las 11 de la mañana, a lo que dio tiempo a que mi marido llegara de dormir en casa y de que mis padres, suegra y hermana llegaran para ver si ya estaba cerca del momento esperado. Pero no. A las once de la mañana me quitaron el propess, me hicieron un tacto (doloroso) y comprobaron que SOLO había dilatado 1 centímetro. Sí, solo un mísero centímetro. Claro, ahí estaba yo sin ninguna especie de dolor (exceptuando en el momento que me tactaban), asi que yo ya me imaginaba que aún estaba “verde”. 
Entonces procedieron a ponerme oxiticina. Y a partir de ese momento estuve horas y horas enganchada a una máquina de goteo y a los monitores. Comodísima. En las horas que seguían me hicieron tactos cada dos horas, aproximadamente, y para mí ese era el momento del suplicio. Realmente lo pasé mal y las comadronas e infermeras que me atendían no me entendían, excepto una. Como estuve tantas horas en el box y en la sala de partos, pasé por manos de tres turnos diferentes. En cuanto empezaba a acostumbrarme a una, ésta se despedía y venía una nueva y, hala, vuelta a empezar.
La oxiticina iba haciendo efecto y poco a poco iba notando contracciones más fuertes y más seguidas. A eso de las tres de tarde, justo en el momento en que mi marido se fue a comer rápido, yo estaba sentada en una de las pelotas de dilatación (las de tipo pilates) con todos mis aparatos encima (cables de los monitores, via de la oxiticina) y en ese momento rompí aguas. Fue una sensación rara. Avisé a la comadrona y me dijo que no había roto toda la bolsa, así que con una especie de espátula trató de romper el resto de bolsa.
Mi madre, ya impaciente de saber como estaba, pues llevaba muchas horas esperando fuera, pidió si podía entrar conmigo. Como las infermeras sabían que yo estaba sola en aquél momento, me preguntaron si quería que entrara; les dije que sí, con la condición que en cuanto llegara mi marido se fuera ella para entrar él. Así que también pasé un rato con mi madre en la sala de partos. Luego llegó mi marido, que se murió de rabia por no haber estado conmigo en el momento de rotura de aguas. Dice que es algo que no se puede perdonar… pero bueno, habiendo estado conmigo tantas horas, ¿quién le iba a decir que justo en el momento en que él se ausentaba un cuarto de hora para comer me sucedería eso?
Así que fueron pasando más horas, con dolores varios. Pero el mayor dolor lo tenía en cuanto aparecía alguna comadrona o infermera y me decía que me tenía que tactar. No sé qué me pasó aquél día, pero me producía mucho dolor, y claro, solo de recordarlo yo misma me contraía, provocando que me doliera más. Y como ya he dicho antes, las infermeras no me entendían y no paraban de recriminarme que no les dejaba hacer su trabajo. Incluso ya era conocida como “la chica que era difícil de tactar”, y era el comentario que iba de boca en boca y que a mí me hacía sentir aún peor. Con lo sensible y nerviosa que estaba, porque no acaba de ponerme de parto, encima tenía que oír ese tipo de comentario, que para mí era despectivo.
Pero bueno, sobre las seis de la tarde estaba ya dilatada de seis centímetros y procedieron a ponerme la epidural (que pedí ya desesperada, no tanto por el dolor que me producían las contracciones sinó porque de esa manera ya no notaría tanto manoseo por ahí). Vino la anestesista, que era un poco antipática e iba de borde, pero es que encima se jactaba de ello. Hicieron salir a mi marido de la sala para ponerme la inyección. La comadrona se puso enfrente mío y yo arqueé la espalda para que la anestesista pudiera ponerme la epidural sin problemas. No me moví un ápice. Me la pusieron rápido y bien, no me dolió.
A partir de ese momento el proceso empezó a acelerarse. En un par de horas dilaté todo lo que quedaba. A eso de las nueve de la noche empecé a sentir las ganas de empujar, y mientras que la comadrona me decía que aún no estaba preparada para dar a luz a mi hijo, la anestesista (que estaba allí porque me iba poniendo más cantidad de vez en cuando, ya que yo me quejaba de dolor, que después resultó ser de ciática) se dio cuenta que yo estaba empujando ya así que pidió que me llevaran a quirófano.
A las nueve de la noche entré a quirófano, y la comadrona del turno de la tarde se despidió porque ya le tocaba a la de la noche, y sus última palabras conmigo fueron: “Qué bien, parirás antes de las diez, como he dicho yo. Ya estábamos apostando cuanto tardarías en parir”… Así que además de ser “la chica que era difícil de tactar” era la chica que no se ponía de parto nunca. Y encima apostaban conmigo.
En quirófano yo quería ponerme sentada, ya que era como mejor soportaba el dolor (la ciática me estaba matando), pero la comadrona me dijo que no, que no me aguantaba porque la epidural había hecho que perdiera la sensibilidad en las piernas. Pero yo, cabezona, les dije que me ayudaran a ponerme sentada, que hicieran lo que yo pedía por favor. Así que entre mi marido y la comadrona me ayudaron un rato a estar en cuclillas, hasta que ya me estiré para acabar de empujar. Mi marido estuvo a mi lado todo el rato, ayudándome y, emocionado, me contaba que ya había visto la cabecita de nuestro hijo (el pelo). Solo faltaba “un” empujón y ya estaría con nosotros. Estuve empujando y empujando entre contracciones y cuando ya parecía que la cabecita iba a salir enseguida notaba que no (yo había dejado de empujar). Fue realmente cansado y duro. A los cuarenta minutos de estar empujando, la comadrona me realizó una episiotomía. Ésta sí que fue una sensación fuerte, notar que te cortan la carne hacía abajo y a un costado. Pero fue abrirme y un par de empujones y la cabecita de Biel salió. Una de las enfermeras pidió que me incorporara para que le viera la cabecita. Fue una experiencia preciosa, verle aún dentro mío. Solo le vi su pelito negro enganchado y sucio, pero allí estaba. Un empujón más y todo su cuerpecito fuera. Se escuchó un estornudo. Era Biel, lo primero que hizo fue estornudar y eso nos provocó una sonrisa enorme a su padre y a mí, que lo recordamos con mucho cariño. Lo envolvieron en una sabanita y me lo pusieron encima mientras la comadrona acababa con el trabajo.

Primera foto con Biel, en el quirófano

Eran las 21:45 y todo el dolor de repente desapareció. Sí, sí. Desapareció. No podía dejar de mirarle y de sonreir. Era tan guapo. Nuestro niño ya estaba con nosotros. Ya casi ni noté que me cosían, ni que me pinchaban (donamos el cordón umbilical del niño), ni nada. Por fin había llegado el momento que tanto esperé durante 42 semanas.
Lavaron al niño, lo pesaron, lo midieron… en ningún momento lloró. Un hombrecito tranquilo o asustado, expectante de todo lo que pasaba. Me llevaron a la sala de partos (donde estuve casi todo el día) y allí me pusieron a Biel en el pecho. Estuvimos una hora piel con piel y pude estar a solas con él, mientras todos se encargaban del papeleo. Le canté una canción, le acariciaba su piel, observaba como se agarraba al pecho… Realmente especial. Lo mejor del día.

Ya luego, me trasladaron a la habitación y empezó un nuevo día. Pero éste, ya es otro tema. Espero que no se os haya hecho muy largo… Es que me cuesta expresarme con más brevedad sobre este tema. No tengo muy buenos recuerdos del día del parto, por los hechos que iban sucediendo y en como me sentía. Pero sin duda, el momento del alumbramiento, y verle salir de mí, es la mejor experiencia que he vivido nunca. La que recuerdo con más esfuerzo, pero con una recompensa enorme.

Dando el pecho por primera vez

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8 comentarios en “Mi parto

  1. Que cosa más bonita!!!Que emoción :)veo las fotos y me entran ganas de mas ajajaLa experiencia narrada parecio dura pero en las fotos sales como un rosa, que aguante tienes.Saludoshttp://embarazofamilia.blogspot.com.es/

  2. La verdad es que sí, viendo las fotos parece que no hubiera sufrido nada, pero hasta que no nació realmente no dejé de sentir dolor. ¿Y es que quién no sonríe al ver al ser que más tiempo ha esperado ver? :)Un saludo y gracias por comentar!

  3. Gracias! Buf, mi parto no fue como yo esperaba, la verdad es que andaba muy pez y bastante nerviosa. Para el próximo espero no pasarlo tan mal en algunos aspectos… Y exigir más respeto en ciertos momentos… Todas tenemos que aprender 🙂

  4. Qué preciosidad de parto Mercè! Es cierto que no fue idílico pero el poder tener a tu hijo contigo nada más nacer, piel con piel, poder darle el pecho… eso no tiene precio nena! Te lo dice una que no sabe lo que es eso…Me han encantado las fotos!

  5. Gracias Silvia! La verdad es que tenerle en braços nada más nacer y estar con él todo el tiempo fue la mayor recompensa al dolor que sentí hasta ese momento… Esto sí que no lo cambiaría por nada del mundo :)La foto dando el pecho es de las más bonitas que me han hecho con él 🙂 Me encanta

  6. Se me ha puesto la piel de gallina, que preciosidad de niño, me encantan las fotos. Me he sentido muy identificada contigo, yo di a luz en el privado y tenía una matrona asignada, y me sacó un poco de mis casillas, estaba también en plan borde porque le había hecho esperar una hora en la clínica desde la llamé, me repitió que podría a ver hecho otras cosas en casa ( era sábado) y no haber salido con prisa…en fin que no tienen miramiento, con lo sensible y asustada qeu estas en esos momentos para que vengan con idioteces. Y me pasó como a ti, me dolian más los tactos que las contracciones. Cada vez que venía a tactarme temblaba…ufffQue suerte que tuviste en que te pusieran piel con piel nada más nacer, yo no se lo qeu es, con la cesárea…espero que si tengo otro pueda dar a luz con parto natural…quiero saber que se siente.Besos!

  7. Hola Raquel! Gracias por pasarte! Las comadronas e infermeras deberían recibir, además, un curso de empatía… Ya digo, yo solo tuve buen feeling con una porque me entendía, me decía que no me preocupara, esperaba hasta que yo me tranquilizara y no entraba a saco como las demás… lástima que se acabó su turno! Le hubiera pagado millones para que se quedara conmigo jajajaLa verdad es que sí que tuve suerte al tenerle encima nada más nacer… no me separé de él más que cinco minutos que fueron a vestirlo, y encima delante mío, así que poco le perdí de vista. Esto debería ser SIEMPRE así, salvo casos de extrema urgencia, claro.¡Espero que en el próximo parto puedas tener a tu bebé en brazos nada más nacer!Besos!!

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